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EL LIBRO QUE ANTES FUE DIARIO DE UN PRESO

Mis amigos cercanos conocen la historia de esta novela, que empezó a gestarse treinta años antes de su publicación.




Cuando llegué a España, en mayo del 2000, estaba decidido a no escribir ni una letra sobre Cuba. Esa decisión se reafirmó al leer algunos de los libros que circulaban sobre la tierra donde hasta ese momento había transcurrido mi existencia. Los relatos que leía sobre Cuba, o eran ciegas apologías de la Revolución o contenían exageradas historias en contra de ella... O, en demasiados casos, buscaban el morbo a toda costa, dando del pueblo cubano una imagen grosera, inexacta e injusta.

Mucha desinformación encontré en España acerca de la realidad cubana. Así que, además de luchar por la comida, concentré mis esfuerzos en la búsqueda de datos para escribir una novela que se desarrollaría en la Galicia del siglo IV AC. Esta tierra me había enamorado, y no quería vivir atado al pasado.

En abril de 2003 recibí algunas fotos y papeles que había dejado atrás; entre ellos el Diario que escribiera cuando, a los 20 años de edad, me encerraron en la prisión militar de La Cabaña. Al ver aquellas fotos y releer el diario comprendí que le debía, al menos, un libro a Cuba.



















EL DIARIO DE LA PRISIÓN, UN PUÑADO DE HOJAS YA AMARILLENTAS







 
Cuba es, en muchas partes, motivo de encontradas opiniones. Unos le consideran el último reducto de la utopía y otros la ven como una nación que languidece bajo la bota de una interminable dictadura; para algunos constituye el paraíso de la prostitución, y para otros la patria de un pueblo que enfrenta con dignidad sus múltiples carencias. Los cierto es que Cuba genera tanto incondicionales adhesiones como odios viscerales.

Al pensar en esta realidad comprendí la necesidad de escribir una historia que obviara las posiciones ideológicas preconcebidas e intentara describir los hechos tal y como han ocurrido. Escribiría una novela donde se mezclaran cosas de mi vida con cosas de la vida de otras personas, sin más concesiones a la ficción que las imprescindibles para dar coherencia a la historia. Narraría de forma paralela los avatares de un personaje y los de la propia Revolución.

Y puse manos a la obra. Quería escribir desde el corazón y para el corazón. Quería plasmar en el papel a sucesos que, de otra manera, pocos recordarían en el futuro. Quería dar mi personal visión de hechos muy divulgados; y también, de cierta manera, devolverle la vida a algunos perdedores de cuyas existencias nadie escribiría una letra jamás: Avería y el Zurdo, Anselmo, Estrella y Pancho, las negritas esclavas del Central San Antonio... Quería inventar personajes simbólicos, como el Gorrión y la Biblia. Quería convertir en seres vivos a La Habana y a Santa Clara, ciudades azotadas por el huracán revolucionario. Quería hacer una íntima reflexión sobre lo aprendido a lo largo del camino que me ha tocado hacer en la vida. Y quería ofrecer a los más jóvenes, al futuro, un testimonio parcial -pero fiel- de lo ocurrido en los primeros veinte años de la Revolución cubana. También quería hablar del presente, pues en esos días se gestaba la segunda Guerra de Irak...


Durante quince meses dediqué casi todo mi tiempo libre a escribir, corrigiendo el borrador inicial una y otra vez, intentando plasmar en letras a sentimientos e imágenes que vivían en mi memoria. También entrevisté a personas que habían vivido en sus carnes la experiencia del Mariel y contrasté mis recuerdos con los datos históricos conocidos.

Quiso la suerte (yo le llamo Providencia) que poco antes de concluir la novela me echaran del trabajo. Fue un despido improcedente, y con parte de la indemnización pude editar el libro. ¿De qué otra manera podía ver la luz en España la primera novela de un desconocido? 

Necesitaba que alguien redactara un comentario-presentación de la obra y a través de unos buenos amigos conocí a Fran Álvarez, poeta sevillano. Fran leyó el borrador, me transmitió todo su entusiasmo y se ofreció para redactar el comentario: había encontrado un apoyo real, y también a un hermano del alma.


ALGUNOS DE LOS LIBROS DE FRAN...

Con el texto de la novela dentro de un diskete informático llegué a una imprenta ourensana. Junto con el diseñador de la imprenta definimos la cubierta, maquetación y revisión ortotipográfica del texto. Y una noche de octubre de 2004 llegaron a mi casa doce cajas repletas de libros. Así empezó la andadura de Peces Rojos en la lluvia.








































Buscando lectores llegué a la Agrupación de Centros Deportivos y Culturales de Vigo. Y más que lectores hallé en José Lourido y su esposa Sonia a nuevos amigos, de los que permanecen en el afecto. Practicamente sin conocerme, ellos organizaron presentaciones y divulgaron a Peces rojos en la lluvia por todos los medios a su alcance.








 

GIJÓN















Un día, sin esperarlo, recibí la invitación del Salón del libro Iberoamérticano de Gijón. Agradezco a Luis Sepúlveda, en ese entonces director del Salón, su deferencia para con mi libro y desde aquí le reitero que ambos coincidimos en la utopía final, aunque no compartamos exactamente todas las vías para llegar a ella.
En esa estancia en Gijón también compartí tiempo y largas conversaciones con el intelectual cubano Justo Vasco, fallecido un año más tarde, de quién guardo un afectuoso recuerdo.






MIAMI


















Alejandro Ríos se arriesgó a invitar a Peces rojos en la lluvia a la Feria Internacional del Libro de Miami, gesto del que nunca le estaré suficientemente agradecido.




En uno de los salones de actos de la Feria  tuve el honor de compartir presentación con obras de Manuel Pereira (Insolación) y de Claribel Terré Morell (La muerte está servida).




Pero en Miami, "Peces Rojos..." también me permitió el reencuentro con familiares y viejos amigos a los que, de otra manera, difícilmente hubiera podido volver a ver.... La gran familia de Hiram Paz. La entrañable familia de Yosel. Mi cuñado José Luis, Hildita y sus hijos. Luis Alberto y Nancyta. La enorme y siempre cercana tribu de los Ortega... Parecía un sueño el volverlos a ver.

 






































Como un humilde recordatorio a su persona quiero poner aquí el correo electrónico que Carlos Victoria me enviara tras leer el libro. Quienes conocieron o han leído a Carlos Victoria saben a quién me refiero.
 





He querido contar en este blog la historia de “Peces rojos...”, su trayectoria tal y como hoy ha venido a mi mente. Y con esta historia no pretendo hacer la vana apología de un libro que es evidentemente mejorable, sino animar a los que sueñan con escribir su propia historia.


Algunas conocidos me preguntan: “¿Has ganado mucho dinero con tu libro?” Y ponen cara de contrariedad cuando les respondo que los seiscientos ejemplares de Peces rojos en la lluvia no me han reportado beneficios económicos. “Entonces –suelen decir-. De nada te ha valido escribir un libro, has perdido tu tiempo”.

Yo evito responder: no entenderían.




















LA HISTORIA

Los cinco primeros capítulos de la novela transcurren en la Cuba comprendida entre los años 1956 y 1980. Son los años que median entre la etapa final de la dictadura de Batista y los meses de éxodo del Mariel. El último capítulo se desarrolla, inesperadamente para el lector, en el Madrid del año 2003. Al protagonista -Fernando- se le identifica también a lo largo de la historia con los nombres de “el niño”, “el joven”, “el hombre” y “el viejo”. Se le llama de esta manera no sólo en función del envejecimiento físico del personaje, sino también en la medida que la vida le hace madurar como individuo. Fernando no es un héroe; es un ingenuo idealista que, una y otra vez, choca con la dura realidad. ¿Por qué esos choques reiterados? Porque Fernando es incapaz, sin traicionarse a sí mismo, de cumplir con la absoluta incondicionalidad que la Revolución impone a sus seguidores. Así, el problema básico de Fernando no es que él no quiera a la Revolución, sino que la Revolución –con su férrea verticalidad- no lo quiere a él. En este sentido la novela es, también, una defensa del hombre imperfecto (lo somos todos) frente a las ideologías que pretenden construir en serie ciudadanos perfectos y terminan fabricando Frankesteins.
 



EL MENSAJE DE PECES ROJOS EN LA LLUVIA

Esta novela es crítica con la realidad cubana, pero su crítica no es ciega. Soy de los que piensan que un escritor debe provocar a sus lectores en vez de manipularlos; incitarlos a pensar, a discrepar y a confrontar lo que leen. Creo que cuando alguien escribe pensando en complacer a sus lectores -en decirles lo que ellos quieren oír- tal vez reciba más aplausos, pero está prostituyéndose desde el punto de vista intelectual y anestesiando a aquellos a quienes dirige su obra.

Buscaba un final para la novela cuando tropecé con el pasaje bíblico donde Jesús dice: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y persiguen...”.


¿Cómo es posible amar a quienes nos ultrajan y persiguen? Pensé que por alguna razón las palabras de Jesús han resistido dos mil años de historia y busqué en los originales griegos el verdadero sentido del pasaje. En este caso, el verbo griego traducido al castellano como “Amad” es “Agapao”: Hacer el bien, sin esperar nada a cambio.

Pagar mal con mal fortalece el mal, y nos hace semejantes a él; pagar el mal con bien, debilita al mal. Perdonar no es olvidar el daño recibido, ni renunciar a hacer justicia; es no guardar dentro de uno el veneno del resentimiento. Veneno que, por otra parte, solo perjudica quien lo tiene. Creo sinceramente que los opositores a cualquier tipo de injusticia no pueden actuar desde el odio y la intolerancia, porque entonces estarían construyendo con otra cara lo mismo que pretenden eliminar. Solo desde el absoluto respeto al diferente es posible construir una nación verdaderamente próspera y libre.